flores en la mata |
Ayer me sentí magnánima (da gusto ser dueña y señora de tu
propio huerto) y decidí hacer feliz al Sr.J, recogiendo flores de calabacín (total,
tengo muchas flores y estamos al inicio de la temporada) para que pudiese
cocinar un platillo de pasta con las flores de calabacín del huerto.
El
resultado para chuparse los dedos, ya veis que las buenas acciones son
recompensadas (adjunto una foto de la receta por si queréis hacerla), sin
embargo se planteó una problema.
Según su receta, de un libro de cocina de la
Toscana[1], las flores debían ser flores
macho. Por tanto de nuevo hubo que recurrir a San Google, patrono de los
desesperados. La lista de foros y páginas explicando el asunto era
terriblemente larga, todos daban su opinión y planteaban además más problemas,
vamos que yo creo que al igual que existe el oficio de sexador de pollos voy a
iniciar una campaña para la creación de cursos de sexador de flores de
calabacín.
Las flores de calabacín son de buen tamaño, pedunculadas y acampanadas
y de un color amarillo intenso. Todas se pueden consumir y son deliciosas. El
problema radica en distinguirlas, así la flor macho crece sobre un tallo largo
desde el centro de la planta, con estambres con polen, mientras que la flor
hembra, que engendra el calabacín, presentan un pistilo más corto y carnoso con
tres estigmas terminales. El caso es que la tarea es fácil cuando el calabacín
comienza a crecer, pero antes de que ello ocurra se me hace algo difícil llegar
a una conclusión mirando el pedúnculo por debajo de las enormes hojas de la
planta, que para más “inri” presentan unos pelitos que pican y me irritan la
piel (ay, soy alérgica a casi todo, incluyendo algunos especímenes humanos).
Vamos como para reírse de los sexadores de flores, una profesión muy digna.
Y
encima de todo resulta que al tener tan pocas matas, y en terraza, la
polinización es escasa por lo que se supone que yo debería ayudar a ello cual laborioso insecto[2], vamos que las tareas se
me multiplican. Así que imaginarme ahora, vestida con mi camiseta de rayas
negra y amarilla, mi par de alas de plástico y mi diadema de antenas (la
recreación hay que hacerla bien o no se hace, según dicen en los grupos de
recreación histórica), y he cambiado la varita de Hermione por un palito mientras que voy de
flor en flor impregnando todo de polen a la vez que canturreo: Maya[3],
la pequeña y dulce abeja Maya.
[1] Este libro nos lo
regalaron antes de ir a la Toscana, allí nos instalamos durante un mes y fue donde el Sr. J (que ya se
había empollado el libro) cocinaba tras haber ido al mercado donde se peleaba
por los productos locales con las nonne
del lugar y aprendía de ellas. El libro de gran formato y bellas fotografías,
con glosario incluido, te abrirá las ganas de visitar la Toscana: S. Alexander
y M. Beer (1998): Sabores de la Toscana.
Recetas y anécdotas de nuestra escuela de cocina italiana, Köneman Ed.
[2] Por cierto, sigo sin
mariquitas, no veo ninguna, ¿se ocultan de mi? ¿por qué no contestan a mi
anuncio? ¿están todas de vacaciones en otros lugares? ¿existe una enorme
conspiración mundial en contra de las mariquitas?...
[3] La abeja Maya fue una
exitosa serie de dibujos animados
japonesa (producida por Nippon
Animation Company en 1975) estrenada en TVE en 1978. Se basa en el libro que
Waldemar Bonsels (1880-1952) publicó en 1912 y narra la vida cotidiana y las
peripecias de una abeja y sus amigos. No obstante, algunos autores mantienen
que no todo es tan idílico como los dibujos animados presentan, ya que Bonsels
tenía ideas filonazi y se puede hacer una lectura en tono militarista y
beligerante de la sociedad que retrata, quizás por eso tuvo mucho éxito entre
los soldados alemanes que lucharon el Primera Guerra Mundial.