Bueno, pues de nuevo nos tocó visitar huertos ajenos, menos mal
que no sufro el mal de Procusto[1] porque si no estaría dando
gritos de loca y arrasando con todos los huertos. La visita había sido
programada con mucho cuidado pues íbamos a ver a la “huerta madre”. Como ya
sabéis este año no había hecho semillero y me pasaron los plantones cuando
todavía estábamos en confinamiento relajado, es decir, cuando aprovechando un
paseo se pudieron recoger.
Aparentemente los plantones llegaron estupendos, el trasplante
lo soportaron bien y su crecimiento no tiene queja, pero (siempre hay un pero)
comparando con años anteriores las flores y frutos escaseaban. Aquí empieza el
drama, como de costumbre lo achaqué a su hortelana y pensé ¿ya estoy haciendo
algo mal? Así que tomé la decisión de visitar la nave nodriza y para allí
fuimos, en plan lema de Barbour[2]. La huerta del Sr.A y del
Sr.R, es todo un gustazo, la tiene perfectamente cuidada y mimada. Parecía un
vergel, todo crecidito, todo verde, todo en sus cuadraditos (adoro el orden),
pasillos laterales empedrados, riego por goteo y siempre con los cuidados
amorosos de sus orgullos hortelanos.
Yo, por mi parte acabé la visita muy
contenta por dos razones:
- -- El Sr.A me explicó que sus tomates son muy tardíos, que lo bueno
empieza a finales de agosto, cosa que comprobé inspeccionado sus matas. Estaban
como las mías, fuertes y robustas, con pocas flores y algún pequeñísimo tomate.
Él insiste en que este año la Naturaleza se ha mostrado generosa y todo sale
con fuerza y energía.
- -- Una mata de mis pimientos, que yo creía que le faltaba algún
mineral o algo, tiene dos pimientos que crecen de día en día pero con un tono
verde clarito. Allí pude comprobar, y me confirmó Sr.A que es que son de una
variedad, que él llama “gallega” (de allí se los trajo un amigo) y que ese es
su color natural.
Ah, y encima después de agradecer sus plantones, y agradecer su
paciencia para responder a mis más de mil preguntas nos obsequió con una cesta
de productos (a esto contribuyó su vecina de huerto, una señora de más de 80
años que cuidaba su huerto como la niña de sus ojos, y que se mantenía en una
forma física formidable, ¡lo sano que es cuidar un huerto!. Aquí os dejo constancia
de la visita.
[1] En psicología se aplica el nombre de síndrome de
Procusto a aquellas personas que sienten
envidia del trabajo ajeno por miedo a ser cuestionados o superados por aquellos
que despuntan en alguna faceta. Procusto es un personaje mitológico que tenía
una posada en Ática y que hacía dormir a sus moradores en una cama en la que
que los ataba para, en caso de sobresalir
sus miembros cortárselos o bien estirárselos hasta que alcanzaban las medidas
exactas. Es obvio, que contaba con camas de diferentes tamaños por lo que los
viajeros siempre morían. El héroe Teseo logró acabar con él aplicándole su
propia medicina, le retó a acostarse en su cama para ver si cumplía las medidas
y allí le acabó cortando los pies y la cabeza
[2] En la mítica marca Barbour (J. Barbour & Sons) se
precian de que sus prendas de gran calidad vuelven a casa, pues tienen un
servicio de reparación de sus propias prendas muy acreditado donde las cuidan y
reparan. La casa Barbour (desde 1894) se caracteriza por el cuidado en los detalles,
por la durabilidad de las mismas y por sus prendas de calidad ideales para el
lluvioso y húmedo campo de Reino Unido.
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