Y la lluvia sigue cayendo, monótona tras los cristales o
furibunda y violenta, en rachas agresivas. Unas veces cae suavemente, como sin
ganas, dejándose llevar, lenta y constante, con monótona languidez como los
violines de otoño[1],
pero de repente se torna fuerte, torrencial, como una estampida de caballos
desbocados, y luego, vuelta a empezar. Y mientras tanto mis acelgas ahí siguen,
impertérritas, creciendo y creciendo. Verdes y hermosas. Lozanas y desafiantes,
tan sólo se me achantan ante el sol de mediodía que las hace languidecer como
doncellas victorianas necesitadas de las famosas sales[2]. Pero claro, esas damas se
desmayaban por el uso del corsé que les impedía su correcta respiración
mientras que mis acelgas crecen libres y felices, solo aturdidas por el sol
directo, pero luego se vuelven a levantar.
Estoy muy contenta viendo lo bien que van creciendo (mirad las
fotos) pero no consigo encontrar plantones de espinaca por lo que voy a tener
que recurrir a iniciar semillero y no sé si a estas alturas del año lo
conseguiré. Ya os lo contaré...
[1] Los largos sollozos de los violines de otoño
hieren mi corazón con monótona languidez (“Les sanglots longs des violons de l'automne
blessent mon coeur d'une langueur monotone”) este poema de P. Verlaine
(1844-1896) fue el utilizado por los aliados en la 2 Guerra Mundial para
comunicar, en clave a la resistencia francesa,
el inicio del desembarco aliado en Normandía el 6 de junio de 1944.
[2] Las famosas “sales”,
sales aromáticas o sales volátiles son en realidad sal de amoniaco y fueron usadas
ya por los romanos aunque casi todos las identificamos con los mareos y
desmayos de las damas inglesas de la época victoriana. Actualmente también las
usan como estimulante deportivo en el boxeo o ciertos deportes de choque como
el hockey o baloncesto, aunque también tiene sus detractores que avisan del
riesgo de su abuso.