Por fin un día sin verano[1], la noche fue tormentosa y lluviosa, pero la mañana amaneció como un perfecto día de invierno: lluviosa, fresquita, con neblina y oliendo maravillosamente bien (petricor, recordar, así se llama a ese delicioso olor).Al rato el cielo se oscureció y comenzó una tormenta acompañada de una lluvia abundante. La temperatura descendió varios grados y la hortelana tan contenta. Hasta que vi como el viento y la lluvia habían podido con una de mis tomateras que se encontraba casi tumbada. Así que en medio del fragor de la tormenta tuve que requerir la ayuda de Mi Ayudante de Huerta, el Sr.J, y procedimos a enderezar el tutor y con cuerda de bramante (de la que él utiliza en la cocina) ya que no tenía otra, realizamos un bonito entramado para que se sujeten las ramas de las tomateras.
Vamos bien de flores, pero de momento tan sólo hay 3, sólo 3, tomates verdes y uno que ya empieza a enrojecer, no sé si de la vergüenza que le da ser tan escasos a estas alturas del verano.
Los pimientos tras ser recogidos y consumidos (por cierto, sabrosos, sabrosos) están iniciando una nueva floración, espero que no se asusten con el día de hoy y se crean que ya han cumplido que aquí se viene a producir amiguitos (me sale la vena de explotadora hortelana).
La Sra. Mch. seguro que se está preguntando cómo van los rabanitos, pues…no sabría qué decirte, ellos siguen ahí, yo sigo regándolos y cuidándolos y ellos a saber qué. A veces rascó un poquito, sólo un poquito, la tierra y veo que algo hay, pero engordar, engordar, eso ya es otro cantar. Espero que no sean anoréxicos.
El que parece que va lanzado es el kumquat, ya hemos comido algunos, otros siguen madurando y además ha iniciado una nueva floración. Está muy bonito con sus frutos naranjas, las flores blancas y su fragante olor. Veremos si esta segunda floración prospera, hoy el viento no le ha venido muy bien…
[1] Guiño al año sin verano que disfrutaron Mary Godwin (luego conocida como Mary Shelley), Percy Shelley, Lord Byron y Polidori en 1816 tras la erupción del volcán Tambora en abril de 1815, en la década final de la Pequeña Edad del Hielo. Estos aburridos en su casa de alquiler en Ginebra idearon un concurso: escribir novelas de terror. El resultado es abrumador, de esos días surgieron Frankenstein de Mary Shelley y El Vampiro que serviría de inspiración a Bram Stoker para su Drácula o los poemas Darkness de Byron.